Las redes y algunos otros medios sociales pueden polarizar opiniones, pero el fenómeno de las redes a diferencia de los medios tradicionales es nuevo y muy poco entendido, y tienen una gran influencia en nuestras vidas en todas sus manifestaciones.

Durante los últimos años la economía mundial se ha transformado con extraordinaria rapidez. Apenas a finales del siglo XX el petróleo y la manufactura constituían la base de la economía. En la actualidad el “commodity” de mayor valor es la información o, según el escritor y periodista Tim Wu, la atención. El top-10 de las empresas más valiosas del mundo, antes dominado por empresas petroleras, bancos o tenedoras de grandes activos tangibles, está hoy ocupado mayormente por empresas de tecnologías de información —Apple, Google, Microsoft, Amazon, Facebook, por ejemplo.

No en balde suele denominarse a la etapa económica actual como la cuarta revolución industrial, marcada por la creciente interacción —y casi confusión— entre los mundos físico y virtual para la que datos e información es su principal elemento.

Esta transformación explica que la economía actual sea denominada “economía digital”, pues prácticamente no hay sector o actividad económica que no interactúe con sistemas informáticos o incluso que dependan enteramente de ellos, como es el caso de la economía colaborativa como Uber o Airbnb; o modelos de negocio basados en la generación y transmisión de contenidos en línea, como Netflix o Amazon; o modelos de mercadotecnia, publicidad y propaganda basados en la interacción social, como YouTube o Facebook.

Revisemos algunos datos de esta economía digital. Tenemos dos mil millones de personas conectadas a internet en el mundo, donde un tercio del total corresponde a países desarrollados. En México hay 65 millones de usuarios de internet con un 59% de uso sobre el total de la población, pero con índices por debajo del promedio de los países que forman parte de la OCDE en conexión fija a banda ancha.

Facebook tiene más de dos mil millones de usuarios en el mundo por mes, lo cual representa casi un cuarto de la población mundial. De los cinco minutos en línea que usa la población en el mundo (excepto China) se estima que uno está dentro del universo de Facebook. Por otra parte, se calcula que la cantidad de datos que existirá hacia 2020, donde cuenta toda la información que almacenamos y procesamos en redes sociales, alcanzaría los 44 zeta bytes de información que equivale 6.6 veces de tabletas apiladas en el trayecto de la Tierra a la Luna.

El desarrollo tecnológico o en otras palabras, esta transformación digital disruptiva que vivimos, no sólo tiene impacto sobre la economía, sino que modifica prácticamente cualquier entorno, incluyendo los ámbitos social, antropológico, cultural, académico y político, tanto en sus dimensiones geográficas tradicionales como en la esfera internacional. A la par de sus beneficios, el desarrollo tecnológico también conlleva retos importantes en relación con su uso o abuso para ciertos fines o en ciertos ámbitos económicos, sociales o políticos y su eventual regulación.

La agenda global de los temas relacionados con la tecnología y la internet o su gobernanza es muy variada, pero vale la pena ocuparnos ante el escenario electoral en ciernes en México de la transparencia de los comicios, la libertad de expresión, el principio de no injerencia de los estados en cuestiones internas, y el respeto a su soberanía interna, todos ellos ventilados en los casos en investigación de la preliminarmente comprobada injerencia rusa en las elecciones presidenciales en Estados Unidos de 2016, en especial mediante el abuso de redes sociales como Facebook, Twitter y YouTube (Google) y otras conductas reprochables, como el hackeo a cuentas de correo electrónico del jefe de campaña de uno de los candidatos.

El proceso total de investigación mencionado es complejo e incluye varias instancias. Es interesante, sin embargo, comentar particularmente sobre los testimonios que los representantes de Facebook y Twitter han rendido ante el Subcomité de Crimen y Terrorismo del Comité Judicial del Senado de Estados Unidos, en el marco de una audiencia para discutir una iniciativa de ley.

La mencionada iniciativa se denomina The Honest Ads Act (la Ley de los Anuncios Honestos), que trata sobre la regulación de la publicidad política en línea, propuesta por los senadores Klobuchar y Warner.

El caso es que en Estados Unidos desde 2006 la mayoría de la actividad política en línea ha estado exenta de las rigurosas regulaciones que existen para la televisión de paga, la radio y los medios impresos. La Federal Election Commission lo ha justificado como la “excepción de internet”, al ser, en sus palabras, una manera única y en evolución de comunicaciones masivas y del discurso político, que es distinto de otros medios por lo que se justifica una regulación restringida.

Según la última publicación de The Economist (“La amenaza de las redes sociales a la democracia”) se sostiene que el gobierno ruso se ha inmiscuido también en las elecciones de Ucrania, Francia y Alemania.

Asimismo, según la misma fuente, se alude a su injerencia en el proceso de independencia de Cataluña y en las elecciones en Siria. En la mayoría de los casos existe evidencia de que el gobierno ruso ha intervenido a través de sus agencias de noticias y de televisión “Russia Today” y “Sputnik”.

Las empresas de redes sociales mencionadas han rendido testimonio como expertos en una investigación del Senado, pero que tiene como fin último establecer legislación para el futuro, para combatir este fenómeno.

Conforme a sus declaraciones, aparentemente a través de desinformación “sembrada” a través de interacciones vía Twitter, Facebook o YouTube, generadas por cuentas o usuarios falsos o automatizados, y también mediante la compra de anuncios con contenido político, agencias estatales rusas habrían influido el proceso electoral en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016. Facebook ha dicho que una agencia rusa, llamada “Internet Research Agency”, creó cuentas falsas y gastó 100 mil dólares en más de tres mil anuncios, en 120 páginas y publicaron 80 mil contenidos, en su mayoría sobre asuntos raciales, migración, armas, y comunidad LGBT, visto por 11.4 millones de personas que pudieron haber interactuado con este tipo de contenido. Su representante estimó que aproximadamente 126 millones de personas vieron contenido producido por los rusos. Este número, sin embargo, representa según el declarante el 0.004% del contenido total en los canales de noticias o News Feed.

Twitter, por su parte, según su testimonio descubrió alrededor de 36 mil cuentas automatizadas (representando 0.012% del total de cuentas en ese periodo) vinculadas a una organización rusa, con 1.4 millones de tuits (0.74% del total), y con 288 millones de impresiones. Por último, Google reportó haber encontrado evidencia de anuncios en 18 canales de YouTube que difundían información divisiva, y casi mil 100 videos presuntamente apoyados por entidades gubernamentales foráneas, presumiblemente rusas. En el caso de Microsoft, aunque no forma parte de las empresas declarantes ante el Congreso, según información publicada por ella también conduce su propia investigación interna para determinar si existió alguna compra de publicidad en su portal de Bing por alguna de estas agencias.

Por otra parte, según la investigación sobre “Paradise Papers” publicada por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), dos empresas estatales rusas (un banco y una empresa de energía) invirtieron cientos de millones de dólares estadunidenses (mil 200 en total) en Facebook y Twitter a través de un millonario ruso llamado Yuri Milner.

A mayor abundamiento el fiscal especial Robert Mueller ya dictó las primeras indagatorias y arrestos contra Paul Manafort, ex director de campaña de Trump, por actuar como lobista no registrado para un político ucraniano afín al presidente Putin, y evadir impuestos, y a su socio Rick Gates, por un total de 12 cargos federales. Por otra parte, es importante la confesión del ex asesor de compañía de Trump, George Papadopoulos, detenido desde Julio pasado por haber mentido al FBI y tener contactos con una persona cercana al Kremlin que le había prometido información dañina, especialmente correos electrónicos, sobre Hillary Clinton. Recordemos que el FBI descubre en julio de 2016 un hackeo al correo electrónico de John Podestá, jefe de la campaña de Clinton, en apariencia por agentes rusos.

El testimonio de los representantes de las empresas tecnológicas sostiene que a pesar de que esta situación es reprobable, representó sólo una pequeña porción del tráfico e interacciones que ocurren en las redes sociales Sin duda es una situación que no debe desestimarse, pero en su momento habrá que evaluarla en su justa y total dimensión, en aras de no demonizar a las redes sociales, que sin duda han sido intermediarias, abusadas o en el peor de los casos vehículo para la concreción de los hechos investigados.

Los investigadores y jueces asignados a las respectivas causas deberán concluir su tarea en apego estricto a las leyes aplicables, pero más allá de los fallos finales y formales de la justicia interviniente, nos queda una sensación de indefensión y frustración profundas, ¿hubo un abuso de las redes sociales por parte de los rusos, se vieron éstas sorprendidas en su buena fe? ¿Cómo adoptamos soluciones eficaces que disuadan, prevengan y castiguen comportamientos similares? ¿Cuál sería un modelo de autorregulación o regulación exitoso? ¿Es necesario adoptar un nuevo código de ética por las empresas de redes sociales?

El desafío es complejo porque están en juego muchos principios, valores, derechos y garantías de rango constitucional, el problema es dinámico y evoluciona cada día, y los intereses y sus representantes son distintos y deben formar parte del debate. Por una parte, las empresas de redes sociales detentan la infraestructura tecnológica, un conocimiento poco difundido de su operación, incluyendo sus algoritmos; por otra, los gobiernos tienden a restringir, en aras de una mayor seguridad pública o vigilancia de la red, derechos fundamentales; y, por último, la sociedad civil está ocupándose de manera incipiente del tema y pregonando por una internet abierta y libre, defendiendo derechos como el de privacidad de los datos, desconfiando de los grandes tecnológicos pero atrapados en un discurso en su mayoría poco propositivo.

No obstante lo expuesto, voy a enunciar algunos principios y/o acciones concretas que considero deberían informar y/o formar parte fundamental de las soluciones a adoptar:

  • De manera prioritaria cualquier intento de regulación tiene que proteger a la prensa tradicional de los ataques en línea.
  • Debe haber una mayor transparencia de la redes sociales al aceptar dinero de gobiernos extranjeros o sus agentes para avisos con fines políticos.
  • Debe moderarse, en principio mediante la autorregulación, la automatización de mensajes o bots con fines de propaganda política.
  • En las interacciones de los usuarios se debería aclarar si un post es de una fuente confiable o un amigo, con recordatorios sobre el daño de compartir información incompleta o falsa.

Las empresas mencionadas han adoptado medidas, algunas de manera proactiva y otras reactivas, sobre las cuales más allá de sus buenas intenciones y de alguna promesa de eficacia, deberían evaluarse sus resultados, sugiero por un observatorio civil o tercera parte acreditada donde estén representados todos los sectores involucrados.

Por ejemplo, en el reciente proceso electoral en Alemania, en septiembre pasado, Facebook probó con éxito una nueva pestaña de “Artículos Relacionados” en canales de noticias, diseñada para que las personas tengan más probabilidades de ser amigos de alguien con ideas diferentes a las suyas, y no sólo afines o que sólo vean publicaciones que refuerzan sus creencias existentes. La pestaña permitió a los usuarios de Facebook que hicieron clic en un artículo sobre la elección federal comparar perspectivas de todos los partidos políticos importantes relacionados con esa historia.

En todo caso, en otro cualquier intento de regulación sobre el contenido es necesario tomar en cuenta las recomendaciones del relator especial de las Naciones Unidas para la Libertad de Opinión y de Expresión, quien en conjunto con la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), y la OEA, adoptaron la Declaración Conjunta sobre Libertad de Expresión y Noticias Falsas, Desinformación y Propaganda, que incluye como una de sus recomendaciones no establecer medidas de filtro o control de contenido, pues ello constituye en esencia una violación prima facie a la libertad de expresión.

México, naturalmente, no está exento de las oportunidades y retos similares a los planteados.

Circunstancialmente, con motivo de las próximas elecciones federales en México en 2018, también se vislumbran escenarios interesantes por descubrir sobre el papel que internet y las redes sociales pueden jugar para incrementar la libertad de expresión y participación ciudadana.

Creo que son realidades políticas e intereses diferentes los que existen entre Rusia y Estados Unidos, y Rusia y México; además de que en estos momentos ha crecido el escrutinio público al respecto, y lo que antes pasó de manera inadvertida en la oscuridad, hoy tendría que ocurrir a plena luz del día.

El canciller ruso Serguei Lavrov ha negado recientemente y de manera categórica una posible intervención rusa en las elecciones presidenciales de 2018.

Sin embargo, existen rumores y algunos trascendidos sobre la aparente preocupación del Instituto Nacional Electoral (INE) por el eventual hackeo de sus sistemas informáticos e impacto en los resultados preliminares, PREP.

De cualquier forma, no cabe duda de que la adopción de los estándares más altos de seguridad cibernética para proteger los sistemas del INE que apoyan al proceso electoral es algo no sólo conveniente, sino indispensable. Para ello una implementación eficaz y oportuna de la recientemente adoptada Estrategia Nacional de Ciberseguridad será indispensable.

A raíz de esta experiencia en Estados Unidos podría haber por otra parte algún grado de “paranoia” y sospecha sobre el origen de contenidos o comentarios en redes sociales que en su momento disgusten o no favorezcan a tal o cual candidato. Creo que las autoridades electorales tendrán una gran responsabilidad para discernir entre denuncias fundadas y aquellas que no lo sean.

No hay duda de que también se nos plantean otros retos, como la difusión de información inexacta o “noticias falsas” y otros abusos antes señalados en las redes sociales.

De manera preventiva tendríamos que recurrir a un esfuerzo multidisciplinario y de participación de diversas instituciones para consensuar medidas que prevengan, disuadan y castiguen conductas como las aquí analizadas. En ese sentido, deberían involucrarse la Comisión Nacional de Seguridad a través de la policía científica, naturalmente las autoridades electorales y particularmente el INE, la Fiscalía Especializada en Delitos Electorales (FEPADE), la Secretaría de Relaciones Exteriores, la sociedad civil, y probablemente el mismo Congreso para analizar una posible legislación al respecto, similar a lo que hace actualmente el Congreso de Estados Unidos.

Ahora, por lo que toca a las redes sociales, hay ciertos factores que no se pueden —y no se deben— controlar. No digo que deba tratarse de un espacio anárquico, pero sí sostengo que en los casos de interpretación en donde debamos discernir entre las líneas finas del derecho de libertad de expresión, por estridente que éste pueda parecer, y el interés de que las redes sociales transmitan sólo información que consideremos exacta o verdadera, debemos inclinarnos por la libertad de expresión.

Es común que ante fenómenos tan perniciosos como la difusión de noticias falsas exista una reacción casi natural de pretender regular o prohibir el fenómeno. Sin embargo, esos esfuerzos suelen ser inútiles, tanto como pensar que lloverá en tiempo de secas tan sólo por decretar el inicio de la temporada de lluvias. En mi opinión, no se trata de fenómenos que puedan o deban ser combatidos a través de prohibiciones legales, sino de educación, buena comunicación y civismo.

Prefiero mirar a la tecnología como una herramienta útil, a la que no le asignemos de entrada un carácter de aliada o enemiga, pues depende de las conductas y el uso que reciba. Lo mismo fue la habilitadora de enormes transformaciones a través de la Primavera Árabe, que la habilitadora de una campaña de odio y temores que condujeron a Trump a la presidencia en Estados Unidos.

Las redes sociales han sido la promesa de un debate político más rico, con mayor participación ciudadana, intercambio de ideas, y una comunicación rigurosa. De alguna manera, de acuerdo con los últimos sucesos y las propias confesiones de estas empresas, sus plataformas han sido abusadas para sembrar la desinformación, la confusión, radicalizar las opiniones, y con una intencionalidad de injerencia política de un gobierno extranjero.

El uso de las redes sociales no causa división per se sino que puede amplificarlas.

Las redes y algunos otros medios sociales pueden polarizar opiniones, pero el fenómeno de las redes a diferencia de los medios tradicionales es nuevo y muy poco entendido, y tienen una gran influencia en nuestras vidas en todas sus manifestaciones. Se nos pone delante fotos, mensajes, videos, historias que pueden medir nuestra reacción, nuestra emoción, qué hay debajo de nuestra piel y qué podría captar nuestra atención.

Esta es la economía de la atención, para lo cual se diseñan algoritmos que nos mantienen a todos picándole, navegando y compartiendo una y otra vez. Según algunos estudios, los usuarios en países desarrollados tocan en promedio dos mil 600 veces al día su teléfono móvil.

Este abuso de las redes, lamentablemente, podría encender nuestros prejuicios y nuestros instintos compulsivos. Tenemos a varios usuarios confundidos, inmersos en mensajes de odio, segregación, escándalo e indignación que les hace perder de vista el todo, el bien común, lo que importa para la sociedad lo que ellos comparten.

Esto amenaza a la democracia, no sólo se lo pregunta The Economist en la publicación antes citada, sino ya lo advirtió el Foro Económico Mundial en su análisis de riesgos globales.

Del mismo modo, mientras que los medios sociales se están convirtiendo en una vía importante para descubrir noticias, incluso aquellos que lo usan traen algún escepticismo. Sólo 15% de los adultos en Estados Unidos que acceden a noticias a través de los medios sociales dicen que tienen altos niveles de confianza en la información que obtiene.

Regímenes políticos dictatoriales o autocráticos han descubierto que la propaganda y la publicidad son la misma cosa, como recuerda la frase de Tim Wu, citada al comienzo, usando a la información como un nuevo armamento de censura, vigilancia y control. Está en nuestras manos que sus campañas “digitales” en redes sociales no se conviertan en la nueva estrategia de difundir sus ideas totalitarias y anacrónicas en nuestras democracias liberales, subvirtiendo nuestros valores y principios, abandonando así sus viejas estratagemas “analógicas” de espías, infiltrados, vigilancia y propaganda política.

Hay un uso excesivo de las redes sociales, pero a través de ciertas medidas acordadas con sentido de urgencia y corresponsabilidad con la participación de todos los grupos de interés afectados, podemos revivir ese sueño de libertad y de enriquecimiento del debate público. Este es un desafío importante e impostergable para preservar nuestras democracias liberales.

Jorge J. Vega Iracelay

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