El origen de la isla de Utopía, a diferencia de todas las islas conocidas en la época, era artificial. El rey Utopo ordenó cavar una fosa con la que dio forma de media luna a la isla. Entonces, dividió la isla en 54 ciudades-estado, nombrando capital a Amaurota.

La isla de Utopía nunca existió, salvo en la imaginación de Tomás Moro. Este describió la isla en gran detalle, como si realmente existiera. Su mundo onírico contenía ideas revolucionarias tales como una jornada laboral de seis horas, suficiente de todo para todo el mundo, y el derecho a la felicidad suprema. Moro también representó la otra cara del mundo soñado, que incluía un control estricto, falta de privacidad y severos castigos para los disidentes. El escritor inspiró a científicos y autores para pensar sobre la sociedad ideal, dando pie al nacimiento de un nuevo género literario de literatura utópica.
Pero la grandeza del libro no está en la isla en sí, sino en los conceptos innovadores de su sociedad como:
La propiedad común
En la isla de Utopía no existía el concepto de propiedad privada. Todos los bienes de la comunidad se guardan en almacenes, y la gente va pidiéndolo a medida que los necesita. Además, todo el mundo tiene derecho a una casa, que es igual para todos los habitantes de la isla.

La igualdad
Todos los habitantes de la isla, independientemente de su sexo, han trabajar como agricultores en el campo. El resto del tiempo lo dedicarán al trabajo para el que hayan elegido ser formados. Todos los habitantes visten el mismo tipo de ropa, sin ningún tipo de atributo que pueda marcar la más mínima diferencia entre unos y otros.

La eutanasia, el divorcio y el estado social
Cada habitante de la isla podía elegir cuando poner fin a su vida, pudiendo ser ayudado para ello por cualquier otro habitante. El divorcio está permitido, pero no así las relaciones prematrimoniales o extramatrimoniales, las que son penalizadas con el celibato forzado por el resto de la vida. Los hospitales son gratuitos para todos los habitantes.

La libertad religiosa
Cualquier habitante de la isla puede elegir su propia religión, y a qué dios adorar. La única norma relativa a las creencias es respetar las creencias del resto. Incluso el ateísmo está permitido, aunque la sociedad desconfía de él, ya que al no creer en nada después de la muerte, el miedo al castigo eterno no puede pararlos de romper las normas de la comunidad. Incluso todos los habitantes de Utopía comparten los mismos rezos válidos para todos los dioses.

Líderes electos
El líder era elegido por los habitantes de la isla, aunque sólo pueden votar los hombres mayores de edad. Entre cada 30 familias, eligen a un sifrogrante. Todos los habitantes de una ciudad eligen a cuatro candidatos. De entre estos cuatro candidatos, los 200 sifrograntes de la ciudad eligen al príncipe, que se convertirá de forma vitalicia en el máximo mandatario de la ciudad. El príncipe sólo puede perder su cargo en caso de que se demuestre que es un tirano.

Las ideas representadas en este libro por Thomas Moro son totalmente rompedoras con el pensamiento de la época, y desde que se publicó, hace 500 años, ha existido una gran controversia respecto a las intenciones que tenía al crear esta obra. Este libro se puede considerar como el primero, con permiso de La República de Platón, que habla de forma abierta de una sociedad comunista.

Sorprenden sobre todo que plasmase en el libro conceptos como la eutanasia, el divorcio o la libertad de religión, viniendo de un hombre fuertemente ligado con la iglesia católica, así como el concepto de propiedad común, aunque esto último muchos lo han ligado a las largas temporadas que pasó en monasterios y conventos. Aún así, la historia no ha dejado claro si Thomas More realmente pensaba esto, o simplemente pretendía ser una sátira de la nueva sociedad llevada al extremo.

Moro fue condenado a muerte por el rey Enrique VIII en 1535, acusado de alta traición por no prestar juramento antipapista frente al surgimiento de la Iglesia anglicana, oponerse al divorcio del monarca con Catalina de Aragón y no aceptar el Acta de Supremacía, que declaraba al rey cabeza de la nueva iglesia. El 6 de julio de dicho año, tras permanecer prisionero en la Torre de Londres, fue decapitado. En 1935 sería canonizado, considerado santo y mártir por la Iglesia Católica Romana.

 

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