Comparto con ustedes la introducción de este ensayo, cuyo autor es  Javier Alcalde Cardoza, en el que trata de esbozar una perspectiva histórica para entender el actual resurgimiento de Rusia, proyectando más allá del apogeo y la caída de la Unión Soviética e intentando mostrar que existen ciertas tendencias y rasgos de continuidad en el comportamiento nacional que ofrecen un mayor poder explicativo que los distintos regímenes e ideologías que ha tenido Rusia en los tres últimos siglos.

Introducción

Ilustres estadistas e internacionalistas, como el General De Gaulle y Raymond Aron, han observado que si se quiere entender el comportamiento internacional de los Estados, más importante que analizar sus regímenes políticos e ideologías, resulta conocer sus tendencias históricas y los grandes intereses nacionales que ellas reflejan a lo largo del tiempo (Aron 1960; Grosser 1965).

Nosotros compartimos esta observación y además encontramos, coincidiendo de manera general con Henry Kissinger, que el comportamiento internacional de Rusia —desde la época de los zares, pasando por el régimen comunista y hasta la era de Putin— constituye uno de los procesos que mejor ilustra esta realidad.

La observación de Aron y De Gaulle alude a un rasgo central que poseerían con mayor claridad potencias que han desempeñado roles internacionales destacados: un particular estilo de ser y comportarse que persiste a través del tiempo. El gran historiador británico A.J.P. Taylor se refería a las fuerzas profundas que impulsan a una nación por un determinado curso histórico. Muchos autores han denominado a este rasgo «espíritu nacional» o «carácter nacional» (Aron 1966: 288-291; Morgenthau y Thompson 1985: 146-153; Pyle 2007: 33-34), el cual se mantendría, aunque no inalterable, a lo largo de generaciones a través de la educación, especialmente de las elites.

Nación proverbialmente guerrera con su victoria sobre Napoleón (1812), Rusia se convirtió en la «potencia dominante» en el ámbito terrestre en Europa, posición que mantuvo hasta la guerra de Crimea (1853-1856).

A través de la Santa Alianza, entre 1815 y 1825, intentó un liderazgo más amplio, de carácter hegemónico, en Europa y el mundo, asumiendo de manera breve un rol importante en el terreno de las ideas en la sociedad de Estados. Podría también argumentarse que durante la segunda mitad del siglo XIX Rusia fue la potencia terrestre dominante, si no en Europa, en el escenario ampliado de Eurasia (a juzgar por las percepciones que de ella tuvo Gran Bretaña en la contienda que ambas sostuvieron en Asia Central).

A lo largo de tres siglos (1709-2015) los resultados de la búsqueda rusa de ascenso, dominio y hegemonía han sido extraordinarios aunque desiguales, en un proceso jalonado tanto por triunfos y la consolidación de un imperio, como por reveses y la desintegración del mismo, y donde han alternado periodos de rechazo como de emulación de Occidente. Rusia ha sido siempre una formidable potencia militar; además, ha buscado hegemonía de Pedro el Grande a Putin enarbolando ideas de atractivo internacional con la Santa Alianza, la Revolución bolchevique y durante la Guerra Fría. También ha tenido un periodo de preeminencia económica mundial en las décadas intermedias del siglo XX.

Nuestra percepción es que la hegemonía incluye crucialmente la capacidad de un Estado de ejercer liderazgo intelectual, no solo en la promoción y preservación de las ideas rectoras del sistema internacional, sino especialmente en la habilidad de transformar las mismas. Rusia ha demostrado poseer esta habilidad.

Este trabajo es un ensayo histórico desde la óptica de las Relaciones Internacionales. Incluye el análisis de un periodo relativamente poco estudiado en el despliegue de la ambición hegemónica de Rusia, desde la Santa Alianza (1815) hasta la Revolución bolchevique (1917).

Nuestro ensayo destaca las grandes tendencias e intereses nacionales en la evolución del Imperio ruso, entre ellos la centralidad de Ucrania. En este sentido, pensamos que así como en Ucrania (en la batalla de Poltava), el Imperio zarista, bajo Pedro el Grande, ganó la categoría de gran potencia derrotando a Suecia en 1709, tres siglos más tarde, la Rusia de Putin juega su rol de potencia de primer orden con su protagonismo en la violenta división de Ucrania, desafiando el poderío de Occidente. Sus ambiciones hegemónicas se concentran por ahora en el ámbito regional postsoviético que denomina Eurasia.

Ensayo: De Pedro el Grande  a Putin – Un ensayo sobre la búsqueda rusa de dominio y hegemonía.

Autor: Javier Alcalde Cardoza

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