Pocas ciudades importantes del mundo pueden tener la oportunidad después de haberse desarrollado durante siglos, con sus propias características y elementos humanos, culturales y espaciales, de crear en su mismo centro urbano un espacio abierto de comunión con la naturaleza que la eleve al más alto nivel de integración como ecosistema.
Es el caso nada menos que de la Capital Arqueológica de América: el Cusco, que gracias a la decisión –por fin ya encaminada– de construir el aeropuerto de Chinchero podrá tener en el espacio que ocupa el aeropuerto Velasco Astete en el medio de la ciudad, ese Hatun Cusi Pata o Gran Parque de la Alegría, en libre traducción al español, que vendría a cumplir de modo perfectamente coherente la cosmovisión andina de equilibrio entre el hombre y la naturaleza.
Sin grandilocuencia y en concreto, podemos decir que crear, en el centro de una ciudad como el Cusco, un parque de aproximadamente 50 hectáreas de superficie para el uso de sus habitantes y del siempre creciente número de visitantes, en el que se instalen y cultiven las especies más adecuadas de árboles, arbustos y flores, en un diseño funcional de senderos, cursos de agua y espacios abiertos, armoniosamente ubicados, puede y debe ser un gran aporte para la ciudad cuna de la civilización incaica.
De partida, quisiéramos proponer como premisa fundamental e inexorable que no se siembre ni un solo metro cuadrado de cemento ni concreto en el Hatun Cusi Pata. El agua, que antes de construir el aeropuerto Velasco Astete discurría entre sauces llorones, molles y hasta capulíes, regados por un curso de agua derivado del río Huatanay con aporte del río Huancaro, en un conjunto que se conocía como el paseo de San Judas, podrá restituirse, debidamente tratada, para formar arroyos y fuentes apropiadamente diseñados.
Será preciso sin duda convocar un concurso internacional abierto a los grandes arquitectos de todas las latitudes para elaborar dicho diseño.
Finalmente, y para hacer justicia y memoria debida, debemos mencionar que el nuevo aeropuerto de Chinchero no habría sido posible sin el sueño y empeño de muchos cusqueños, entre los que solo quisiera citar a dos ingenieros y senadores: Gastón Acurio Velarde, que trabajó como profesional en su diseño original, y Ricardo Monteagudo y Monteagudo, que se hizo cargo de revitalizar el proyecto en el gobierno transitorio. Y por supuesto, al presidente Valentín Paniagua Corazao, que en el breve período del citado gobierno transitorio decidió rescatar y reimpulsar este antiguo y sentido proyecto de todos los cusqueños.
Juan Inchaustegui Vargas

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