Promueve una comunicación más abierta y fluida entre los miembros de un equipo de trabajo, ayuda a resolver los conflictos tanto de forma grupal como individual, y genera un ambiente laboral más agradable. Éstas son sólo algunas de las características que definen a aquellos liderazgos centrados en la inteligencia emocional y que permiten a las cúpulas directivas tomar mejores decisiones corporativas, alcanzar eficazmente los objetivos trazados y, por ende, aumentar la competitividad empresarial.

Así lo afirma Héctor Díaz, profesor de Liderazgo, Cultura y Comunicación Organizacional de EGADE Business School, al señalar que “aquellos líderes emocionalmente inteligentes son mejores líderes porque además de establecer un ambiente de trabajo agradable, dan apoyo a sus subordinados enseñándoles a manejar las emociones adecuadamente y ayudándoles al logro de sus metas, lo que consecuentemente mejora la competitividad de la organización”.

Yael Sescovich, Manager de Page Personnel, refuerza esta opinión al aseverar que este tipo de liderazgo incrementa la comunicación entre quienes manejan información de una empresa, por lo tanto ésta será “más competente y estará mejor preparada respecto de una organización en la que no hay traspaso de buenas prácticas ni de aspectos claves del negocio”.

Promover la gestión de la inteligencia emocional también consolidaría una cultura innovadora orientada al logro de ventajas competitivas en toda la cadena de valor empresarial, a través de la armonización de cuatro factores: talento humano, aprendizaje, logística y creatividad.

“El liderazgo del empresario consiste en orientar sus esfuerzos en crear un ambiente organizacional en armonía, con la intención de que sus integrantes se motiven a aprender nuevas habilidades o talentos encaminados a la formación de una cultura de la innovación que genere beneficios en la empresa de manera permanente”, dice Fadua Gajardo, gerente general de la consultora de Recursos Humanos Prescal.

La idea, recalca la experta, “es enfocar la identificación y mantenimiento de la fase de aprendizaje de diversos talentos como ventaja competitiva y que ésta sea el sendero que lleve a que la empresa tenga posibilidades no sólo de posicionarse, sino de sostenerse en el actual mercado global”.

En general, lo que fomenta esta forma de dirigir, que además aumenta el compromiso organizacional, la confianza empresarial y el involucramiento en los resultados corporativos, es la igualdad en la posibilidad de compartir opiniones, lo que no necesariamente conlleva a que todos los empleados definan la estrategia final de la compañía, pero sí permite la opción de contemplar ideas nuevas en todos los niveles jerárquicos de la organización, añade Sescovich.

Variadas formas para lograrlo

Para Gajardo, de Prescal, las aplicaciones de la inteligencia emocional en el trabajo son prácticamente infinitas, resultando un instrumento eficaz para “resolver una situación delicada con un compañero, cerrar un trato con un cliente difícil, criticar al jefe, perseverar en una tarea hasta completarla y enfrentar otros retos que afecten nuestros éxitos”.

Este tipo de liderazgo también sería fundamental en el desarrollo de equipos de alto desempeño, “ya que incluso bajo presión sus integrantes mantienen una interacción adecuada, lo que les permite mayor claridad de ideas, mejor sinergia y resultados excelentes”, sostiene Díaz, de Egade Business School.

En ese sentido, el experto le otorga un rol relevante a las emociones pues, a su juicio, éstas tienden a afectar positiva o negativamente las interacciones sociales en el trabajo. “Las emociones generan una evaluación de que algo es bueno o malo y mueve a la persona a actuar en consecuencia. Así, una persona con una alta inteligencia emocional es una persona consciente de las emociones que experimenta durante las diferentes situaciones que enfrenta en su empleo y además sabe cómo administrarlas”, detalla el académico.

Según el experto, muchos directivos piensan que son racionales en el proceso de toma de decisiones, sin embargo están equivocados, “porque todo ser humano experimenta emociones aunque no esté consciente de ello”. El problema de no estarlo, agrega el especialista, es que estas emociones influirán en la interacción con los demás sin que el líder se dé cuenta, e incluso puede llegar a intervenir en el juicio y pensamiento lógico del tomador de decisiones, dándole un sesgo que puede resultar inadecuado.

“Por ejemplo, quienes están en extremo felices por algo que les causó esa emoción, tienden a hacer promesas que son difíciles de cumplir. Por otro lado, quienes están enojados tienden a fijarse demasiado en detalles, lo cual les impide tomar una buena decisión”, comenta Díaz.

Lo anterior puede ocurrir en aquellas organizaciones que fomentan liderazgos más jerárquicos, “en donde se asume que quienes tienen las buenas ideas son los de arriba, los que usualmente no saben escuchar y, en consecuencia, tardan más tiempo en responder a los requerimientos del mercado y al no incentivar las iniciativas de los subordinados, se pierden muchas buenas ideas”, remata el profesor.

Finalmente, Sescovich, de Page Personnel, comenta que -en diversas ocasiones- las planas ejecutivas de aquellas compañías que dirigen de manera más vertical, no tienen la posibilidad de acceder a determinada información que es clave para la decisión y orientación de la empresa. Pero si se involucra a los empleados, “se produce una diferenciación clara en el compromiso con el que se enfrentarán las mismas metas y desafíos organizacionales”.

Liliana Llanos

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