La civilización industrial concibe la Naturaleza como un objeto, como materia inerte, como recurso a ser explotado, consumido, conquistado o dominado. La misión del ser humano moderno consiste en dominar la Naturaleza y aprovechar al máximo lo que se considera que son inagotables fuentes de energía y de recursos. Su posición frente a la Naturaleza es estar por encima de ella, como si no formase parte de la misma. El individuo moderno, se considera a sí mismo como el rey, y en esa lógica se cree el propietario con derecho a hacer de la Naturaleza lo que estime más oportuno sin ningún tipo de limitaciones.

El sistema depredador de nuestra civilización técnico-instrumental ha configurado un modelo de ser humano mercantilizado y consumista cuyo objetivo fundamental ya no consiste tanto en poseer cosas y bienes materiales conforme al modelo de la vieja sociedad industrial. Ahora su finalidad radica en consumir frenéticamente productos con el fin de compensar una vacuidad interior originada por la ausencia de motivaciones plenamente humanas.

Estamos ante un ser humano cuyo bienestar reside en la satisfacción de las necesidades que el sistema tecno-industrial y mercantil le crea. Cuanto más consume más se esclaviza y así el sentido de su vida cotidiana radica en incesante necesidad de satisfacer sus apetitos, produciéndose en su interior una doble confusión, al identificar alegría con felicidad y comodidad material con vitalidad, convierte la esencia de su libertad humana en mero procedimiento para elegir y consumir mercancías.

Nuestra civilización ha creado un modelo de ser humano manejado por las necesidades que el sistema económico y productivo establece y con las que se siente permanentemente subyugado y excitado. La personalidad del ser humano del siglo XXI, como ya nos alertara Erich Fromm, está modelada por un carácter social específico, el carácter mercantil, un modo de ser y de comportarse manejado y dirigido por las necesidades que el sistema económico crea y en el que el ser humano mismo es también un producto de consumo.

Su valor, su naturaleza, aquello que lo hace ser genuinamente un ser vivo único dotado de razón, conciencia, afectos y capacidad de amar, se mide por las reglas del mercado de los bienes de consumo. Su ser se ha transformado en el tener, de tal modo que ya “es”, siendo tenido por los usos, costumbres y normas que el propio mercado impone. Se valora así al ser humano por lo que tiene y no por lo que es, se antepone el valor de cambio frente al valor de uso consistiendo de este modo su desarrollo y su educación, en la adquisición de habilidades y automatismos que sean fácilmente intercambiables en el mercado de trabajo. (Fromm, 1953).

Una persona que necesita del consumo de productos y que se percibe a sí misma como producto, necesariamente está abocada a la voracidad permanente y a la creencia en la resurrección infinita de las cosas. Un ser humano de estas características, necesariamente contribuye a fundar un nuevo orden: el de la cultura de la depredación, del individualismo, del envoltorio, de la iglesia del “shoping center”, de la inevitabilidad del despilfarro. Un ser humano de esta naturaleza necesariamente se verá obligado a competir, a definirse frente a los demás pero no con los demás, se verá impelido a rivalizar y a entender que el valor supremo reside en la eficacia, en la minimización del costo, en la maximización del beneficio y que para progresar la ética no es necesaria, ya que las ciencias, sobre todo las económicas, son independientes de la voluntad humana.

Este nuevo (des)orden provocado por una sistema económico-productivo depredador y despilfarrador, paradójicamente ha provocado también sufrimiento psíquico, en la creencia de que nos provee de bienestar y felicidad. El ser humano de nuestros días, sufre de alienación porque al experimentarse a sí mismo como vendedor y como mercancía, su yo, su autoconcepto y su autoestima dependerán siempre de factores que están fuera de su control y de este modo en la apariencia de que obra libremente, de que hace lo desea, está en realidad subordinado a intereses y a fuerzas que no puede gobernar. En la apariencia de que es libre porque es capaz de desobedecer para realizar sus deseos, es en realidad un esclavo porque está obedeciendo a fuerzas impersonales que escapan a su control.

Son estas creencias las que nos han conducido, no sólo a problemas microsociales y personales, sino también a gravísimos problemas macro como el calentamiento global que al mismo tiempo que siembra huracanes, tempestades y hace subir el nivel de los mares, desertifica irreversiblemente zonas cada vez más amplias, haciéndonos perder suelos productivos y originando problemas gravísimos de alimentación y supervivencia en las regiones más pobres del planeta. Un problema que se agravará aun más conforme se vayan agotando las reservas de combustibles fósiles, lo cual producirá impactos imprevisibiles en los sistemas industriales de alimentos y muchos de los bienes a los que nuestra civilización se ha acostumbrado, como automóviles, refrigeración, utilización de plásticos, etc. que dependen precisamente de la depredación y esquilmación de los limitados recursos del planeta que sostienen y alimentan la vida de todos los seres.

Frente a esta civilización depredadora es ya una necesidad de suma urgencia poner en marcha «…nuevos modelos que comiencen sobre todo por aceptar los límites de la capacidad de descarga de la tierra y de ese modo pasar de la eficiencia a la suficiencia y al bienestar, igualmente urgente es la necesaria solución a la existente de inequidad, por qué sin equidad las soluciones pacíficas son imposibles. Debemos remplazar los valores dominantes de codicia, competencia y acumulación por los de solidaridad, cooperación y compasión. El nuevo paradigma requiere alejarnos del crecimiento económico a cualquier costo y superar la codicia y la acumulación como metas centrales del presunto bienestar social y la transición debe ser hacia sociedades que puedan ajustarse a menores niveles de producción y de consumo, favoreciendo sobre todo a las economías locales y regionales, dicho en otras palabras: volver a mirar hacia adentro…»

Fuente: Max-Neef

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